corresponsabilidad

Corresponsabilidad en casa: la necesidad de una distribución equitativa

Se entiende como “corresponsabilidad” a la distribución equilibrada dentro del hogar de las tareas domésticas y su organización, así como del cuidado, la educación y el afecto de las personas dependientes, con el fin de distribuir justamente los tiempos de mujeres y hombres. Es por tanto igualdad de oportunidades.

Los seres humanos hemos desarrollado una construcción social muy firme sobre el concepto de qué es ser mujer y qué es ser hombre, definiendo ambos roles con una clara diferenciación. Antes incluso del nacimiento, cuando ya se conoce el sexo biológico del futuro niño o niña, en la familia se encienden todos aquellos esquemas que van asociados a cada sexo. Dichos esquemas, se inculcarán a los hijos y a las hijas enseñándoles cuál es el camino que deben seguir para no salirse del rebaño según sean hombres o mujeres. A esto se le llama aprendizaje de género.

Este aprendizaje lleva tantos años implícito en nuestra cultura que podemos llegar a plantearnos si las diferencias son biológicas, pero nada que ver. El ser humano es un ser social por naturaleza y como tal, aprende a observar su entorno y adaptarse a él. De ahí, que ningún niño quiera a priori llevar el color rosa cuando se le ha dicho que es “de niñas”, con la connotación negativa que encima ello conlleva, ni ninguna niña opte por jugar al “fútbol” como actividad extraescolar pues es de “machorras”.

Desde edades muy tempranas, les decimos a nuestros hijos e hijas qué pueden o no pueden hacer para que se les acepte socialmente. El problema de dicho “adoctrinamiento” ya no es solo la falta de libertad de elección que estamos originando, sino que además puede llevar asociado ciertas responsabilidades. En el caso de las mujeres, se centra en el cuidado de la familia y las tareas del hogar.

Asumir estas responsabilidades ha conllevado en ocasiones una ideología biológica equivocada que se basa en que las mujeres saben hacer mejor estas tareas. En el ADN de una mujer, no hay ningún código genético para saber barrer, planchar, hacer la comida o cuidar de otras personas… Simplemente, desde pequeñas, han sido entrenadas para ello.

Los juguetes y juegos de rol como “mamás y papás”, las tareas que se reparten en casa, las órdenes de “ayuda a mamá”, y recalco, a mamá, que se les dice sólo a las hijas genera en las mujeres el desarrollo de habilidades para la realización de las tareas y sobre todo, creará en ellas una sensación de responsabilidad que permanecerá latente y se activará automáticamente en diferentes contextos casi sin conocimiento consciente y, efectivamente, como si de un gen se tratase. Un gen creado por la sociedad patriarcal en la que nos criamos.

Ahora bien, analicemos la frase “Es que mi marido no sabe ni plancharse una camisa”. Por supuesto que no, pero no es culpa suya, simplemente nadie le ha enseñado. Ahora, evadirse de dicha responsabilidad porque “no sabe” es única y exclusivamente su culpa, de él y de quien haya decidido que tiene razón. El cerebro humano no tiene límites para el aprendizaje. Hagamos una analogía deportiva al respecto: Por mucha materia prima que podamos encontrar en Rafael Nadal o Garbiñe Muguruza, han llegado a ser las grandes estrellas que conocemos gracias a años de preparación. En definitiva, tú también puedes llegar a ser “el bicho” de la plancha.

Por tanto, debemos empezar a tener en cuenta que las tareas del hogar son una tarea de todos y de todas, incluyendo no solo a la pareja sino también a hijos/as, para cambiar la arraigada concepción de la que venimos hablando.  Lo ideal es que las responsabilidades en casa se repartan de una manera consensuada e intentando que no recaigan todas en una misma persona. “Ayudar” se ha acabado, lo ideal es repartirse.

No cabe duda de que a día de hoy aun surgen muchos casos en los que prácticamente todas las tareas las realiza una única persona, aunque esta sea generalmente elegida sin consenso y dándolo por hecho. Vale, no pasa nada, pero al César lo que es del César. Ser ama/o de casa es un trabajo que muchas veces no valoramos.

Quizás cuando nos demos cuenta de que todas las actividades que se llevan en nuestra casa en el día a día, como que tengas ropa limpia, comida en la nevera, o puedas incluso sentarte sin miedo a los gérmenes en el baño, las ha realizado una persona y no han aparecido por arte de magia, empezaremos a valorarlo.

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